CÓMO ELEGIR AMIGOS

«Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere»
 (Elbert Green Hubbard)

 

El ser humano es un animal social por naturaleza. De hecho, la dimensión social de la persona es uno de los elementos estructurales de la salud, tal y como afirma la Organización Mundial de la Salud (OMS): “La SALUD
es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. No sólo como potenciación de la misma, sino como freno al deterioro evolutivo, científicos del Centro Médico de la Universidad de Rush (EE UU) han llegado a la conclusión en sus estudios, de que la actividad social frecuente ayuda a prevenir o retrasar el declive cognitivo asociado al envejecimiento, según publica la revista Journal of the International Neuropsychological Society.

Por ello, las relaciones sociales constituyen un estímulo, lo suficientemente atractivo y eficiente, como para tenerlas muy presentes, dentro de un estilo de vida saludable. No obstante, no todas las relaciones interpersonales son sanas y gratificantes, ya que las personas difieren en lo que nos aportan cuando pasamos tiempo con ellas. Para lograr maximizar nuestro beneficio y minimizar el coste que podría ocasionarnos una inadecuada gestión de nuestra vida social, debemos saber seleccionar y optimizar nuestras oportunidades relacionales, para lo que necesitamos recurrir a una referencia cartográfica, un mapa, que nos guíe en el camino correcto.

Es cierto que a todo el mundo le gusta relacionarse con personas en general y, sobre todo, tener amigos en particular. De hecho, la amistad, bien entendida, es uno de los principales pilares de satisfacción y estabilidad personal en nuestras vidas. No obstante, no siempre nos es fácil conseguir hacer amigos ni, en el mejor de los casos, mantenerlos. En ocasiones, porque somos demasiado exigentes, buscando personas con las que compartir el cien por cien de nuestro tiempo e intimidad, o bien, que sean completamente afines a nosotros; en otras, porque nos conformamos y nos podemos ilusionar con cualquier persona con la que simplemente nos divertimos y parecemos encajar, ya que no disponemos de un gran repertorio social en el que elegir. Ambos comportamientos, un tanto extremos y demasiado frecuentes socialmente, predisponen al fracaso, tanto en el inicio, como en el mantenimiento de nuestras relaciones.

Pero, ¿dónde está entonces la unidad de medida, la línea que determina una relación sana y equilibrada, de otra que no lo es?. La respuesta consiste en tomarnos el proceso de la amistad no como un todo o nada, de si alguien “me vale o no me vale”, sino como un continuo, es decir, una graduación en la que determinemos para qué me vale cada persona que me es interesante o agradable. Hay personas que nos cubrirán muchas de nuestras necesidades, otras sólo unas cuantas, y algunas, muy pocas, o incluso solo una.

Pero para conseguir ir haciendo amistades, no hay que considerar únicamente la cantidad de facetas que “nos cubre” una determinada persona, sino también la profundidad de la relación que establecemos con ella. En base a determinar dicho grado, o nivel de profundidad, podemos considerar dos grandes categorías para clasificar las relaciones sociales:

RELACIONES SOCIALES PARASITAS

Son aquellas que se disfrazan de una falsa amistad, pues, por su carácter asimétrico, son interacciones en las que sólo se beneficia uno de sus integrantes. Algunas de las que se dan cotidianamente serían: personas que quedan a comer con alguien sólo para procurar recibir un favor, que halagan a otros constantemente para que no se atrevan a decir “no” ante alguna de sus peticiones, personas que no tienen iniciativa o que nunca pueden quedar salvo que les interese algo, personas que son muy amables y cercanas siempre y cuando la otra se acomode sistemáticamente a sus preferencias…

RELACIONES SOCIALES SIMBIÓTICAS

Este tipo de interacciones sociales están basadas en el principio de reciprocidad: “tú me aportas, yo te aporto”. Podemos establecer cuatro niveles de gratificación, graduados de menor a mayor intensidad:

Nivel 1.- Las relaciones basadas en elementos superficiales mutuos. Hacen referencia a personas que sintonizan en base a intereses laborales, académicos, empresariales, etc. Constituyen una fuente muy elevada de funcionalidad en la consecución de metas personales, y una fuente muy baja de gratificación. Suelen ser relaciones tan débiles, como inconsistentes y poco llamativas.

Nivel 2.- Las relaciones basadas en afinidades. Suponen un paso adelante en el conocimiento de la persona con la que nos relacionamos, pues conectamos con ella por sus intereses ideológicos, culturales o de ocio. Las personas que se relacionan en base a estos criterios, muestran más parte de sí mismas.

Nivel 3.- Las relaciones basadas en la intimidad. Aquí las personas aportan más profundidad en la relación, pues dan a conocer sus emociones, sentimientos, visión de la vida, etc. Todo ello aporta una mayor noción de cercanía, así como una intensa sensación de confianza.

Nivel 4.- Las relaciones basadas en la intimidad y el compromiso. Es el tipo de relaciones de amistad más profundo, estable, duradero y satisfactorio, pues suponen la constitución de vínculos afectivos sólidos entre sus integrantes. En ellas, las personas aportan todo lo de la anterior categoría (nivel 3) y además, se esfuerzan para que la amistad perdure en el tiempo, buscando momentos en los que coincidir, estando pendientes de las necesidades del amigo/a, implicándose en lo que para la otra persona es importante, teniendo un diálogo directo y claro, etc.

No obstante, a pesar de tan claros y atractivos beneficios del establecimiento de vínculos afectivos, no todo el mundo está dispuesto a invertir tanto, arriesgar, o trabajar tan duramente para alcanzar este nivel de profundidad relacional, en la mayoría de los casos, “por miedo a que salga mal y me hagan daño”, “por inseguridad a que me conozcan íntimamente”, “por pereza”, “por inmadurez”, por fracasos o malas experiencias en relaciones anteriores, etc.

Aunque la mayoría de las personas desean llegar al último nivel de relaciones simbióticas, sería inadecuado renunciar al resto de las formas, puesto que, a distinto nivel de intensidad y profundidad, todas ellas nos pueden ser útiles para nutrir nuestra red social, de algún modo y en algún momento. De hecho, la persona socialmente inteligente es aquella que es flexible en su interacción, sabiendo sacar el máximo beneficio de cada nivel relacional.